Reportajes de guerra

Historias de heroes poco conocidas (Nicolás Kasansew)

 

  Ayuda secreta de Perú

 

El que tiró la bomba y el que la recibió

 

Quien plantó la mina y el que la sacó

 

El que ve misiles y quien lucha contra las pesadillas

 

El portero y el Director

 

Entrevista al Coronel Mohamed Ali Seineldin

 

Artillería Argentina en Malvinas:

La ultima pieza

 

Honras fúnebres británicas a un piloto argentino en Malvinas


En una ceremonia con honores militares por parte de tropas británicas, los familiares del primer teniente (post mortem) Jorge Eduardo Casco, fallecido en combate durante la guerra por las Malvinas en 1982, finalmente pudieron dar sepultura a sus restos en el Cementerio Argentino de Darwin. Antes, los restos de Casco habían sido trasladados desde Buenos Aires en un vuelo especial a las islas Malvinas.

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El domingo 9 de mayo de 1982, la escuadrilla “Trueno” compuesta por cuatro aviones Skyhawk A4-C pertenecientes a la Fuerza Aérea Argentina despegó en horas de la tarde desde la base de San Julián, rumbo a las islas. El mal tiempo imperante continuó desmejorando, y por fallas técnicas dos de los aviones se volvieron al continente antes de llegar al archipiélago.

A pesar del mal tiempo, los dos restantes A4-C, tripulados por el primer teniente Jorge Casco y el primer teniente Jorge Farías, continuaron volando. Para no ser detectados por los radares británicos comenzaron a descender sobre el agua en formación cerrada hasta casi rozar las alas con la cresta de las olas, no pudiendo evitar estrellarse contra los acantilados de la isla South Jason, al noroeste de la isla Gran Malvina, no muy lejos del lugar donde estaba operando su objetivo: el destructor de la Clase 42 HMS Coventry.

Los restos mortales del piloto de combate argentino recién fueron encontrados en 1999, por una patrulla británica entre los restos desintegrados de su avión. Posteriormente entregados a la Policía de Stanley, permanecieron en ese lugar sin ser reclamados hasta el año pasado.

Finalmente, y luego de un formal pedido de disculpas a la Argentina por tantos años sin haberlos devuelto a sus seres queridos, en un vuelo de Lan Chile los restos de Casco llegaron a Buenos Aires, para proceder a su identificación.

Cuando fueron descubiertos en 1999, los restos no pudieron ser reconocidos, ya que no se encontraron sus placas identificatorias, y recién en julio de 2008, cuando fueron entregados a la Cancillería y a la Fuerza Aérea Argentina, se los pudo enviar al Banco Nacional Genético del Servicio de Inmunología del Hospital Durand, donde luego de realizar las correspondientes pruebas de ADN, finalmente se confirmó su identidad.

La ceremonia en Darwin fue sumamente emotiva, ya que se encontraban presentes en el sepelio la esposa de Casco, Ivone Dentesano; sus hijos, Guillermo y Julieta; y su madre, Ofelia Carolina Codutti.

Horas antes de darle destino final a los restos, se realizó un responso en el aeropuerto de la base militar de Mount Pleasant, que estuvo a cargo del monseñor Michael McPartland.

Una vez en Darwin, en el sepelio del primer teniente Casco, presidió los honores militares el brigadier Gordon Moulds, comandante de las British Forces South Atlantic Islands.

La ceremonia tuvo también un alto significado político, ya que este caso se trata del primer vuelo humanitario que transporta al archipiélago restos de un combatiente argentino muerto durante la guerra de Malvinas, acaecida en 1982.

 

 

Jeff Glover: el relato del piloto británico tomado prisionero


Una historia poco conocida, la de Jeff Glover, el piloto inglés capturado en Malvinas, le da pie a Victoria Reale para armar un relato que conoce desde niña. A partir de los recuerdos de su padre, un ex médico militar que curó al inglés en Puerto Howard, tejió Desobediencia debida, su segundo documental. Un ensayo sobre la tortura, la falsa obediencia y la construcción del enemigo en el discurso de los dictadores argentinos. 


Malvinas golpeó duro a los Reale. Tanto que durante 20 años, en la mesa familiar sólo había permiso para contar una historia entre cientas posibles. La historia de Jeff Glover. "Papá no dejaba que habláramos de la guerra, si lo contradecíamos, primero se enojaba y después se ponía a llorar", recuerda Victoria Reale, hija de Luis, un ex médico militar que en 1982 tuvo a cargo un puesto de sanidad en Puerto Howard. Allí todo había sido penuria para él, salvo ese soldado inglés. "Mi papá lo curó, y eso era lo único que yo sabía de su papel en la guerra", siguió Victoria. Pero ahora Victoria sabe mucho más. De ella misma, de su padre y, también, de Jeff Glover, el prisionero inglés que pasó 45 días en suelo argentino, a merced de la dictadura más cruel que vivió nuestro país. De eso habla en su documental, Desobediencia debida. 

La historia de esta desobediencia podría arrancar con una foto. Los soldados argentinos, sumergidos hasta las rodillas, están sacando a Glover del agua. Un rescate en el gélido mar de Puerto Howard, un 21 de mayo de 1982. Es el fin de la guerra para Glover. Y para los chicos argentinos, el disparate tenía los días contados. Pero esa es otra historia. Esta, la que cuenta Victoria en su película, tiene a Glover como eje, pero incluye a un sinfín de personajes cruzados y a dos de ellos mucho más comprometidos: Victoria y su papá Luis, el mismo que durante años sólo quiso hablar de Jeff Glover. 

Jeff Glover, que ahora es un piloto comercial en su país, volaba entonces las aeronaves de la Real Fuerza Aérea Británica. Era el más joven de los pilotos que vinieron, (porque los mandaron y no porque quisieron) en el portaviones Hermes. Piloteaba un Harrier, armado con bombas de racimos. Luis Reale, papá de Victoria y ex médico del Ejército Argentino, venía del hospital militar de Curuzú Cuatiá, en Corrientes. Llegó a las Malvinas sin camillas y tenía que atender a sus heridos uniendo mesas. "Las atenciones más comunes eran por frío, que provocaba el pie de trinchera, la falta de alimentos o heridas autoinfligidas cuando se caían las armas que siempre llevaban balas en la recámara", recuerda Reale hoy, buscando respuestas al batallón de preguntas que tiene su hija, que ahora es documentalista, pero que en esos días tenía apenas nueve años, todos vividos entre los muros del barrio militar que ya no añora. 

En aquellos días de mayo del 82, a Glover le tocó sobrevolar las islas siguiendo ordenes del Antrim, el barco inglés que estaba al frente de la guerra. Le dieron objetivos en Puerto Howard, pero el blanco estaba muy cerca de una población civil. "No quería bombardear así", le dijo a Victoria. Su papá, en ese momento, se estaba duchando en la compañía de comunicaciones. "Pensé que si moría allí, la viuda no cobraría por estar sin el uniforme", le dijo a su hija. Pero no hubo bombardeo. Glover y su Harrier, pasaron. "Sugerí sobrevolar la zona tomando fotos para ver qué tan cerca estaban los civiles", cuenta Glover en el documental. Pero esta vez, lo estaban esperando. Con su avión a pique, Glover se eyectó. Victoria conoce bien esta historia desde los nueve años. 

"Recién en la adolescencia supe de las torturas, los secuestros y los asesinatos que los militares cometieron durante la dictadura", se expone Victoria en el documental. Y dice que jamás pudo unir los relatos de los sobrevivientes con los recuerdos del barrio militar de la infancia. En el final de esa infancia, su papá estaba curando a Jeff Glover. "Se luxó el hombro derecho y tenía una herida en la cara. Lo curamos y lo aislamos de nuestros heridos", cuenta Luis en la película. Y eso, también, siempre lo supo Victoria. 

Pero lo que supo hace poco es que, cuando su papá informó a sus superiores que tenían a un piloto inglés herido en la Compañía de Sanidad le pidieron que lo torturara. "Querían saber la ubicación del portaviones", dice en un tono muy correcto Luis Reale. Pero no lo torturó. ¿Por qué? "Dada la Convención de Ginebra, no correspondía", explica Reale en el documental. 

-Nora Sánchez (Periodista): ¿Tuvo consecuencias? 
-Reale: No, ninguna. 

Hasta allí, la historia de Glover era para Victoria un recuerdo familiar. Y su película podría ser solo eso, un documental sobre Jeff Glover, un tipo del que no se sabe mucho en nuestro país, y que se banca un relato por sí solo. Pero allí le nace otra película a Victoria: Desobediencia debida. Y está basada en una hipótesis. 

Lo que ella busca transmitir, no sin complejos, es que decirle no a una orden de tortura, era tan simple como eso. Y que torturadores no solo eran los cabecillas de la dictadura, sino miles de nadies, fanáticos de la picana que enarbolaban como bandera. Salvo excepciones, para los militares argentinos hubo dos guerras. Contra la subversión y contra los ingleses. Eso lo dicen muchos militares, lo creen menos, pero lo quieren hacer creer. "En la supuesta guerra contra la subversión no respetaron ningún derecho, y con su único prisionero inglés, sí", dice Victoria. Y expone el rumbo de su película: "Yo quería hurgar esa diferencia de enemigos. Saber qué construcción de enemigos tenían en su cabeza". 

Se expone Victoria. Se desnuda y desnuda a su familia en su afán de responderse. Para hacer su película necesitó primero diez años de terapia. "Lo que más me costaba era contar cosas mías. Lo discutía con mi viejo, pero muy distinto era hacerlo público", reflexiona. ¿Por qué lo hizo? "Tenía que ser honesta. Quería que el espectador supiera de dónde venía esta película. Quién era mi papá y quién era yo". Una vez decidida, para que la historia saliera a flote, Victoria entrevistó a una decena de los militares vinculados a la historia de Glover, habló también con ex detenidos durante el proceso militar (allí descubrí el placer perverso con el que torturaban) y viajó un par de veces a Stamford, Lincolnshire, Gran Bretaña, para verse con Glover y con Jerry Pook, otro británico que peleó en las Islas y que le cedió buena parte del archivo que usa en el documental. 

A Glover se lo encontró jugando al golf, pero dispuesto a contarle su historia. "Me trataron bien", le contó él. Y Victoria reconstruyó junto a Glover, el periplo del único prisionero inglés en suelo argentino. De Puerto Howard, "donde se le saludó y se le dio la mano al retirarse", fue trasladado a Puerto Argentino. Glover, que allí fue a parar a un hospital con más de 200 heridos, le contó a Reale algo que lo impactó. "Cuando llegué, había un grupo de soldados muy jóvenes mirando Tom y Jerry... ahí pensé que era una guerra de hombres contra chicos...", dijo. El siguiente traslado lo llevó a Comodoro Rivadavia. Los militares argentinos cuentan de ese momento que miraban el Mundial con él pero no dicen que Massera lo usaba para hacer campaña en Convicción, el periódico que el represor timoneaba, y que le hacía decir a Glover cosas tales como "Mi pueblo está equivocado" o "La moral de mi gente está baja". 

Sin que la moral le importara a nadie, a Glover lo trasladaron a la base aérea de Chamical, en La Rioja. En esa misma base, cuyo escudo de bienvenida versa "en la fe y por la fe", está casi confirmado asesinaron y torturaron a los sacerdotes tercermundistas Carlos de Dios Murias y Rogelio Gabriel Longueville. Allí a Glover también dijo que lo trataron bien, pese a que le daban poco de comer y le mostraban las tapas de Gente que decían "Seguimos ganando". Glover estaba en Chamical cuando la guerra terminó. No como decía Gente, es sabido. Y la pasaba incluso mejor que los soldados argentinos que tenían que volver de las Islas al continente, con la derrota encima. 

Al volver, Reale padre cuenta que junto a la tristeza, todos ellos traían un temor enorme por la reacción de la gente en la calles. Pero los patriotas exitistas, los idiotas útiles estaban de nuevo allí, para vivarlos, vitoreándolos, llorando con ellos. Mientras el abrazo de la gente los llenaba de emoción, los milicos con cargo, muchos de los cuales no tiraron ni un tiro ni vieron jamás a un inglés, decidieron tenerlos detenidos en la Escuela Lemos en Campo de Mayo. "Perdimos, pero no éramos delincuentes", se queja Reale en la película. 

Y para la película ya es casi anecdótico el viaje de Glover a Buenos Aires, luego a Montevideo y de allí a Londres, donde lo recibieron como un héroe. Es anecdótico porque el documental habla mucho más de ella, de su padre y de los militares argentinos que del prisionero inglés. "Mi viejo es el personaje más difícil, por él demoré tanto está película", me dijo. "No quería enjuiciarlo ni tapar cosas", agrega. 

Su papá renunció a la Fuerza después de Malvinas. Y Victoria busca respuestas desde entonces. Para ella en la guerra perdieron todos: Glover, Reale, los kelpers, los argentinos y los ingleses. La tragedia de Malvinas le sirvió para que su padre viera cosas que no había visto antes. La historia de Glover le sirvió para desandar estos caminos. Y también para preguntarle al padre ¿Por qué no se fue antes? "Se lo pregunto desde que tomé conciencia de lo que fue la dictadura", revela Victoria. No existe una respuesta rectificadora, pero con su película la discusión familiar se volvió pública. En la mesa de los Reale, ahora hablan, recuerdan y reflexionan más allá del piloto inglés que se eyectó de su Harrier. 

Fuente: Clarin

 

Entrevista Gral.Mario Benjamin Menendez


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